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Román Riquelme, edición 2000


Crèdito: AFP

El Morumbi vestía de verde. El estadio era una caldera que estaba a todo vapor. El corazón auriverde palpitaba por la estrella de la Libertadores, por la senda victoriosa a cabeza del maestro Luis Felipe Scolari. En el otro bando, lo esperaba Juan Román Riquelme, el 10 xeneize que vislumbró en el 98, el genio que estaba por portar el legado de ‘Maradona’ Nunca le pesó llevar a cuestas el timonel del equipo y tan solo tenía 21 años. Así que la historia del Palmeiras y su afición no lo intimidaban. La gloria estaba a 90 minutos. La sequía no podía continuar. El equipo llevaba más de dos décadas sin alcanzar el trono de clubes en Sudamérica.


El juego empieza. Román camina la cancha. Es su estilo de juego. Pisar el balón, amagar, enganchar, su toque de magia. El Verdão no veía el balón. El ritmo estaba en manos del 10. La afición bostera se rendía a sus pies.


El estilo de juego de el mago recordaba la herencia de casa: “Mi padre desde chico me enseñó a jugar al fútbol para divertirme."


En cada rincón del terreno del Morumbi se le ve sonriente, sin presiones. Tan solo espera el momento para celebrar. El gol no llega. Los 90 minutos se esfuman y los penales esperan por la gloria.


La tensión se siente en el terreno de juego. Román camina con parsimonia al arco donde cobrará el segundo penal para su equipo del alma. Al frente. Marcos, un gigante del arco. El reto es grande, sin embargo, con inteligencia engaña al portero local y anota la ventaja de la serie, que terminó en los pies de Jorge Bermúdez y el título de Boca Juniors.

La edición 2000 de la Copa Libertadores enmarcó el nombre de la joven leyenda de Boca. El despertar de un club, que por muchos años sería el rey de América y del mundo.