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Cuando el juego deja de estar en la cancha de rugby y empieza en la vida

  • 12 feb
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 14 feb


Por: Juan Marín

Accor Stadium, sydney. All Blacks vs. Wallabies en 2024
Accor Stadium, sydney. All Blacks vs. Wallabies en 2024. Crédito: Juan Marín

A lo largo de mi experiencia, he constatado que la práctica del rugby exige un compromiso enorme, tanto a nivel físico como mental. Las lesiones son una eventualidad común para la mayoría de quienes lo practicamos y, como ocurre en muchos deportes a nivel aficionado, implica largas jornadas de entrenamiento sin compensación económica. Esto nos lleva inevitablemente a preguntarnos: ¿por qué jugar rugby?

Cuando le explicas a tus viejos que vas a jugar rugby y ellos lo entienden como un deporte parecido al fútbol americano con pocas posibilidades reales de profesionalismo y un alto sacrificio de tiempo, donde juegas en una cancha lejana, sin afición, y donde muchas veces tu mayor espectador es una vaca en un potrero, entiendes que, al final, quien decide jugar rugby, y especialmente en Colombia, lo hace por algo distinto.

Ahora bien, ¿por qué jugar rugby?

Si bien al principio muchos llegamos por curiosidad, por probar un deporte distinto, por hacer ejercicio o por el entorno social, estas razones son etéreas. Con el paso de los años, inevitablemente, van desapareciendo.

Con el tiempo me planteé la siguiente teoría: uno sabe que le gusta el rugby de verdad cuando atraviesa su primera lesión que termina en el quirófano. ¿Por qué? Porque someterse a una cirugía no es algo que pueda considerarse divertido. Pero lo más duro no es la operación en sí, sino todo lo que viene después.

La recuperación es agotadora, tanto física como mentalmente, sobre todo cuando la lesión afecta tu autonomía y tus compromisos diarios. En mi caso, una lesión grave de rodilla y una fractura de cráneo, que limitaron mi movilidad durante un tiempo, fueron retos enormes. Desafíos difíciles de superar que me llevaron, más de una vez, a preguntarme: ¿por qué rugby?

Juan Marín junto a la leyenda Jhonny Sexton
Juan Marín junto a la leyenda Jhonny Sexton. Crédito: Juan Marín

Hoy, en la felicidad de mi retiro y viendo el rugby únicamente como espectador, entendí finalmente algo esencial: el rugby es, ante todo, una escuela de vida. Y lo juegas solo porque sí. Por una pasión simple, irracional, difícil de explicar. Casi como una novia tóxica: te deja con heridas, le inviertes tiempo, energía y sacrificio… y muchas veces te deja sin dinero. Pero, aun así, vuelves. Porque algo tiene que no sabes soltar.


El mejor jugador de rugby no está en la cancha. El mejor jugador de rugby es el que da una mano en su casa sin que se lo pida

Es un deporte que forma disciplina, compromiso y carácter. Un espacio donde se construyen amistades profundas, vínculos que trascienden la cancha, los torneos y las victorias. Con el tiempo entendí que ganar, muchas veces, está sobrevalorado. Más que ganar partidos, el rugby trata de crear comunidad, de relacionarse, de formar amistades con las que, años después, estarás sentado tomando un café y recordando historias.

No hablo de ese “rugby” que en ocasiones he visto en el país, donde pesa más la fiesta del tercer tiempo que el juego mismo y el compartir de forma sana. En algunos casos parece importar más la celebración posterior que lo que sucede dentro de la cancha.

Personalmente, creo que vincular la práctica del rugby con el alcohol es un error; una costumbre en la que incluso yo mismo caí durante años. Muchas veces no importaba el partido, el rival ni el proceso, sino el viaje y la fiesta después del encuentro.


Sí, puede ser divertido. Pero el rugby no está para formar grandes bebedores, sino grandes personas. Y lo he visto de primera mano: cuando el consumo se vuelve una constante, termina atrapando y desgastando poco a poco, alejando a las personas de aquello que realmente les aporta el deporte.

Todo esto para decir que, al final, decides seguir jugando rugby por tu comunidad, por tus amigos y por lo que el deporte te aporta. Cuando llega el retiro, entiendes que todo lo hiciste por esa felicidad de compartir, de pertenecer, de ser parte de algo. Por esas llamadas de amigos con los que compartiste cancha, golpes y risas.


Los valores del rugby no son distintos a los de cualquier otro deporte, lo que sí es distinto es la comunidad.

Cuando se forman buenas comunidades, que aportan no solo dentro de la cancha sino también en los distintos aspectos de la vida en lo profesional, en lo emocional y en lo académico, es cuando uno realmente lo entiende. Ahí te das cuenta de que la mejor forma de hacer crecer el rugby es a través de buenas comunidades, donde existan grandes ejemplos de personas: hombres y mujeres formados en el rugby, íntegros tanto en lo personal como en lo profesional.

Con Milton Moss, Sydney Roosters vs Melbourne Storm. Noche donde Mark Naqanitawanase hizo mas de 4 tries.
Con Milton Moss, Sydney Roosters vs Melbourne Storm. Noche donde Mark Naqanitawanase hizo mas de 4 tries. Crédito: Juan Marín

Personalmente, aún me falta mucho para poder catalogarme dentro de ese grupo. Pero en mi vida como jugador conocí grandes ejemplos. Personas como Milton Moss, quien para mí ha sido un ejemplo de vida, de amigo y de mentor. Aunque no fuimos del mismo club, siempre me mostró con hechos un camino de disciplina, trabajo duro y buena actitud, enseñándome que el mundo es de quienes se esfuerzan.


También Fernando Tomasello, con quien no solo compartí mi vida deportiva, sino también la personal y la laboral. En él pude ver cómo el rugby no se vive solo dentro de una cancha, sino en cada faceta de la vida. Fernando encarnaba el rugby en su forma de trabajar, de relacionarse y, sobre todo, en la manera en que inculcaba el deporte y sus valores a sus hijos, demostrando que el rugby se enseña más con el ejemplo que con las palabras.


Asimismo, conocí referentes como Pablo Lemoine y Javier Castellanos, “Virus”. Los dos últimos no cercanos en lo personal, pero en quienes pude percibir claramente algo en común: emanaban ejemplo dentro y fuera de la cancha.


Para cerrar, cuando vivía en Australia, un día camino al trabajo me encontré con la leyenda de los Wallabies, Stephen Moore, pero en una faceta muy distinta: traje y corbata, camino a una reunión. Moore no fue cualquier jugador: fue uno de los más grandes de la historia del rugby australiano, capitán de los Wallabies y referente absoluto, con más de una década al más alto nivel y liderazgo incluso en una final de Copa del Mundo.


Al verlo le dije “Stephen Moore”, él asintió, y le comenté que se veía raro fuera de una cancha. Me respondió: “Bueno, la vida no es solo rugby”. Hoy, ya retirado, desarrolla su vida profesional fuera del deporte, vinculado al mundo corporativo y a roles de liderazgo ejerciendo su carrera como ingeniero biomedico, demostrando que el rugby también prepara para la vida después del rugby.


No me tomé una foto; solo le deseé un buen día por su afán. Pero ahí entendí algo clave: la vida no es rugby, pero ser jugador de rugby tampoco significa ser esclavo de él. Es tomar sus valores, experiencias, historias y relaciones para construirnos como seres humanos.


Al final, lo que vale es cuando organizas una reunión en tu casa con viejos amigos de cancha, cuando planeas un viaje para ver a los British & Irish Lions, los Springbooks, los pumas o un Mundial, y recuerdas que el rugby siempre será un motivo de unión.



British & Irish Lions tour Adelaide 2025
British & Irish Lions tour Adelaide 2025. Crédito: Juan Marín

Hoy mi invitación es para dirigentes y personas influyentes del rugby nacional: no nos enfoquemos únicamente en un profesionalismo forzado (Cafeterospro fue una muestra clara de ese error), ni en mega torneos. Enfoquémonos en la comunidad, en mejores espacios y en crear una cultura dedicada a la formación más que a la fiesta.


Al final, lo que importa es tener buenas comunidades más que buenos torneos o terceros tiempos. Todo comienza cuando la gente va a ver rugby por diversión y convicción, no porque su hijo o su pareja lo obligó. Y, en mi concepto, el primer paso es empezar por canchas donde el espectador no sea una vaca.


Por último, y desde lo más honesto que puedo decir, después de ver distintas culturas de rugby y compartir con muchos jugadores, entendí que el mejor jugador de rugby no está en la cancha.


El mejor jugador de rugby es el que da una mano en su casa sin que se lo pidan, el que barre, limpia y cumple todos los días, el que es buena persona cuando nadie lo está mirando. Es el que respeta, el que trabaja, el que aporta a la sociedad y trata de dejar el mundo un poco mejor de como lo encontró.


No es casualidad que los All Blacks vengan, en su mayoría, del campo. Son chicos que crecieron en el trabajo duro, en la familia, en el sacrificio y en valores que no se negocian. Por eso, cuando se ponen esa camiseta, no solo juegan al rugby: representan una forma de vivir.

1 comentario

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daozan
14 feb
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Artículos como este hacen crecer al rugby. Gracias 💪🏻🏉❤️

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