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Sandra Arenas, aroma de café


Diego Pineda

En medio de los cafetales de la vereda El Chocho, el linaje Arenas Campuzano, trasegaba las tierras que estaban por forjar la historia de la atleta olímpica de tierras matecañas. Junto a José, Julián Andrés y Diana Marcela, Sandra Lorena vivía el día a día en medio de trabajos del campo. Recolectar café era una de las tantas labores con las que ayudaba a sus padres. Con tan solo 5 años demostraba el talante que marcaba su tenacidad. Las primeras muestras de talento no fueron en casa, Calarca fue el escenario. El padre Jhonatan Darío García en un evento deportivo de la tierra descubrió el destino oculto de Sandra, quien no dio importancia y decidió continuar su camino en el mundo de la educación en el colegio Santa Teresa. El tiempo se encargó de abrir puertas para la atleta, que por curiosidad en 20009 decidió conocer lo que escondía el mundo que enmarcaba a la perfección la resistencia y la estrategia, y con la guía de Libardo Hoyos, entrenador en el Inder de Medellín, dio sus primeros pasos como marchista. Pruebas de 5000 metros, entrenamientos exigentes y largas jornadas de trabajo hicieron parte del sacrificio que la llevó al top nacional. El temperamento fuerte fue clave en el éxito: “Soy de mal genio, y eso me ha servido para mi carrera porque es un impulso. No le hago daño a nadie; la ira la utilizo para que me vaya bien, para aguantar, es un combustible de motivación”, comentó a El Tiempo. El temple la tiene inscrita en el sueño olímpico de Tokio 2020. La hazaña la escribió a principios de año en el Challenge Race Walking de Australia. Una hora, 28 minutos y 48 segundos de gloria marcaron la historia de la primera colombiana que consiguió la clasificación al torneo en el corazón de Japón y el tercer capítulo en su carrera -Londres 2012 y Río 2016-.